¡Te tengo envidia!
- Mayu Guzman
- 17 mar
- 6 Min. de lectura
Son las palabras que dije cuando, con mucho dolor, en una conversación muy personal con Dios, me di cuenta de que le tenía envidia a una amiga.
No es fácil admitir algo así, ¿yo? ¿Batallar con la envidia? No, imposible; yo no, las hijas de Dios no batallamos con eso… (Pues sostente porque tal vez, y solo tal vez, después de leer esto te des cuenta de que, como yo, sí batallas con esto o algo como esto).
Hace un poco más de dos años llegué a México. Cuando llegué, viví cosas hermosas: la generosidad enorme de una familia hermosa que me recibió en su casa, el cariño de amigos que se alegraron conmigo al yo estar aquí. Mi relación, que era a distancia, dejó de serlo. Ya no más mensajes de “buenas noches” a través de la pantalla, ahora podíamos comer juntos, ir a la iglesia, tomarnos de las manos… y un piquito iba, un piquito venía (prometido, solo un piquito, nada más, suegra, jaja). Pero en ese tiempo, en que viví cosas tan bonitas, también viví algo que me hirió profundamente y no me había dado cuenta, sino hasta ahora (dos años después), del daño que eso causó.
Cuando llegué, una persona —vamos a llamarla Pepita Pérez— me dejó claro con sus actitudes que no estaba feliz de mi presencia en su vida, o al menos no quería que yo estuviera aquí. No lo dijo con palabras, pero sus acciones lo gritaron. Llegaba a un lugar y saludaba a todos menos a mí. Si me saludaba, su tono era frío, distante. A veces me encontraba con su mirada y me recortaba; yo comentaba algo y ella volteaba los ojos o, de plano, no me hablaba. Yo hablaba, y ella volteaba los ojos o simplemente no me respondía. Ahora sé que todo eso lo hizo sin intención, pero a mí me dolió. Cada vez que ella actuaba así, era como si me clavara una daga de rechazo en el corazón.
Y aquí voy con el tema de la envidia. Yo, por esta herida de rechazo (que ya existía en mi vida antes de esto, pero que se aumentó en ese tiempo), me arrastré a un ciclo de comparación. Veía cómo Pepita era tan amable con otras personas, cómo las abrazaba, cómo las afirmaba con sus palabras, y con ellas parecía todo bien. Pero conmigo, silencio. Y eso me hizo caer en un círculo vicioso de comparación que eventualmente terminó volviéndose envidia.
No fue hasta que el Espíritu Santo me confrontó que, en lugar de preguntarme: “¿Por qué yo no?”, me hizo la pregunta clave: “¿Por qué te importa eso?”.
Te confieso que esa pregunta me atravesó el corazón y entendí algo muy importante: la envidia no llega sola. Es un pecado sutil, y no es lo mismo que la comparación. Nace cuando alguien tiene algo que nosotros deseamos, nos hace obsesionarnos con algo o alguien y nos roba de buenas relaciones, nos roba de nuestra propia paz y habla de una necesidad profunda en el corazón de amor.
Yo caí en la envidia porque deseaba el afecto, la amistad y el cariño de alguien, y cada vez que esta persona celebraba, animaba o lo que sea con alguien más, era como si, una vez más, estuviera viviendo esa daga de rechazo en mi corazón. Hasta ese grandioso día en que el Espíritu Santo me preguntó: ¿Por qué te importa?
En vez de entristecerme, me llevó a enfrentarme con lo que yo creía de mí misma, y la verdad es que no era lo más bonito.
En algún punto de mi vida, de alguna forma, había empezado a asegurar mi identidad en si le caía bien o no a las personas, si me consideraban o no los demás, en lo que las otras personas dijeran de mí.
Esta pregunta reveló la verdad: Me sentía insegura porque había comenzado a asegurar mi identidad en la aprobación de los demás.
Para terminar con la historia, un tiempo después, en una conversación con Pepita, pude externarle lo que pasó y cómo me sentía; que ella no me quería, y Dios pudo restaurar y traer verdad a nuestra relación, al punto que, el día de hoy, tenemos una increíble relación.
No fue hasta que Dios me confrontó que entendí la gravedad de la situación. La envidia es un pecado y yo no me había dado cuenta de que estaba pecando.
Estaba pecando en contra de Dios porque me negaba a llenar mi corazón con lo que Él dice de mí, porque este pecado es tan sutil que muchas veces no nos damos cuenta de que lo estamos sintiendo. Es como si fuéramos una manzana con un gusanito adentro; a veces compras manzanas en el supermercado y no te das cuenta del gusano hasta que la muerdes. Es lo mismo; a veces creemos que todo está bien en nuestro corazón hasta que empezamos a darnos cuenta de que esta envidia se está manifestando con otros sentimientos como la comparación, la cual va dando lugar a la envidia.
Estaba siendo víctima de la envidia y permitiendo que me robara buenas relaciones, buenos momentos en mi vida, buenos tiempos con Dios, porque mi identidad estaba puesta en cosas que nada que ver. No estaba en la base segura, desde donde puedo caminar confiada en mi propósito, sin compararme con nadie más.
Mateo 7:26-27 (versión MSG)
“Las palabras que les hablo no son simples añadidos a su vida, como mejoras para elevar su nivel de vida. Son palabras fundamentales, palabras sobre las que pueden edificar una vida. Si las ponen en práctica en su vida, serán como un carpintero sabio que construyó su casa sobre una roca sólida. Cayó la lluvia, el río se desbordó, un tornado golpeó, pero nada movió esa casa porque estaba firmemente asentada sobre la roca. Pero si solo escuchan mis palabras en estudios bíblicos y no las aplican en su vida, serán como un carpintero insensato que construyó su casa sobre la arena. Cuando llegó la tormenta y las olas golpearon, la casa se derrumbó como un castillo de naipes”.
Debemos reconocer ante Dios nuestro pecado, pedirle perdón por este sentimiento, entregárselo y, en la medida que somos sanos, vamos actuando de formas prácticas para combatir la envidia.
Y tal vez si como yo, leyendo esto te estás dando cuenta que estás batallando con la envidia, puedes preguntarte dos cosas: ¿Cómo identifico si tengo envidia? Y, ¿cómo se ve combatir la envidia de forma práctica?
Aquí te van unas cuantas preguntas básicas para identificar la envidia:
¿Ves el éxito de otras como un fracaso tuyo?
¿Te cuesta alegrarte genuinamente por el éxito o las bendiciones de otras personas?
¿Siento molestia o incomodidad cuando alguien recibe algo que yo también deseo?
¿He pensado o deseado, aunque sea en silencio, que esa persona no tenga lo que tiene o que le vaya mal?
¿Me ahogo en sentimientos de insuficiencia cuando invitan o procuran a otras personas y no a mí? ¿Estás basando tu valor en algo (tu trabajo, lo que los demás dicen o piensan de ti, en tu maternidad, en tu carrera) y no en lo que Dios dice de ti?
Si respondes “sí” a una o más de estas preguntas, es posible que haya envidia en tu corazón.
Y ahora que has identificado esto, te voy a compartir los pasos que Dios nos da para tratar la envidia y la comparación:
1. Reconoce que la envidia es un pecado y pídele perdón a Dios por este pecado.
2. Identificar la raíz de la envidia, en mi caso, fue el rechazo y la inseguridad. Es crucial para sanar esas heridas.
3. Construir mi identidad sobre lo que Dios dice de mí, no lo que los demás piensan o dicen.
4. Aprender a ver nuestras deficiencias como dones de Dios. La comparación solo nace de la inseguridad.
5. Amar y celebrar a los demás, incluso cuando nos sentimos excluidas o no suficientes.
Algunas prácticas diarias:
•Gratitud diaria.
•Celebra a los demás sinceramente. Cuando alguien logre algo que tú también deseas, felicítala desde el corazón.
•Evita compararte en redes sociales. Limita tu tiempo en ellas si sientes que alimentan tu envidia.
•Enfócate en tu propósito. Recuerda que Dios tiene un plan único para ti. No tienes que ser como nadie más.
•Rodéate de personas que te edifiquen. Evita conversaciones que fomenten comparaciones.
Te invito a orar juntas, para que Dios nos ayude a vivir libres de la comparación tóxica y de la envidia que puede pudrir nuestro corazón. Que podamos disfrutar de cada día, celebrando a las demás, sin competir.
Oración:
Señor, perdóname por la envidia, por dejar que este pecado tan sutil me infecte el corazón y se perpetúe en mi mente a diario. Ayúdame a alegrarme por las bendiciones de las demás y a confiar en que Tú también tienes un buen plan para mí, aún mejor del que yo tengo para mí misma. Te amo Señor, gracias por todo lo que has hecho en mi vida, por todo lo que me has regalado y por todo lo bueno que aún está por venir. Amén
Con mucho amor,
Mayu Guzmán
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